lunes, agosto 15, 2005

Poema: El asesinó sus colores

El negro sonido del silencio llenó el pasillo de pies cansados y fétidos,
yo en mi espesura solo divisaba tu fantasma bailar alrededor de un cubo de colores guiando las figuras degradadas que salían desde el cielo.
El ronquido de al lado pasaba de asco a flatulento, a ti se te venía encima un joven vestido de mozo en blanco y negro, llevabas tu vaso de whisky con granadina a tus labios encarnados de rojo violento.
Un suspiro se escucho fuerte y penetrante. Agudizando el oído se podía apreciar la lágrima reflejándose en el borde más cristalino del vidrio grueso anti- piedras lanzadas por el mar in- humano de sub- gente que habita al borde del abismo social y perdido.
En mi sombra pude ver una mancha amarilla, otra verde y más atrás una azul casi mortecina. Tu tomabas las dos manos del mozo y te acurrucabas en su regazo transpirado. Bailabas nuestra canción, ...esa canción.
El ronroneo de pronto se transformo en trueno y la luz destellante y ululante paso rauda llevando su carga de muerte, su mensaje de paz único e indescriptible. Tus ojos se elevaron buscando una plegaria, una boca, un abrazo, un hombro, un deseo, una mentira y un secreto.
Las manos de al lado así de cerca estuvieron de rozar mis piernas cuando cayeron rendidas por el cansancio y la fatiga acumuladas tras las 8 horas intensas de trabajos forzados manejando una máquina en la oficina pública del barrio bellavista. Te tomaban de la cintura y te apretaban, provocando en ti una mezcla de rechazo y de caricia.
Las gotas de rocío se acumulaban en el borde inferior de la ventana y comenzaban a mojarle el hombro al vecino. Más allá ahora bailabas, le bailabas, solitaria, mezclándote en medio de mil amores, pasando entre mil bocas, entre cientos de brazos, de deseos y pasiones furtivas, te deslizabas como las musas de los pintores y escultores, tu piel reflejaba encanto y simpatía y tu pecho hacía vibrar hasta la más fría y granítica roca.
Los rayos del amanecer iluminaron y cerraron por un segundo mis párpados. En ese instante la blanca sensación de besar el firmamento pareció dañar la ilusión más pequeña y hermosa de dar a mis palabras un dejo de sinceridad y verdad nunca antes percibido.
Ahí estaba yo rodeado de muertos, aislado, atado de manos, mirando un horizonte gastado, un perfil abstracto, una pared yerta,...ahí estabas tu apoyando tu rostro en una alma ajena a tu destino y a nuestras vidas.
Al llegar, la niebla gris cubría nuestro río de plata, levante los ojos timidamente...pero ya no estabas con el botero, ni con el pelícano, ni con el que saca las fotos en los caballos de mentira, y pense por un instante que podrías estar esperándome...
...estabas con él y pensabas, tal vez, en dormir...

Poema 2.

El asesinó sus colores, esos que traía en el bolsillo aquel día de mayo.
Se llamaba Juán y tendría unos 25 años. Vestía un chaleco artesa, de esos que se venden en la feria del santa lucía. En su cuello traía una bufanda negra, que más parecía una serpiente dormida. Los jeans los llevaba sucios y los pesados calamorros llenos de hoyos. Su rostro lo tapaba una frondosa y descuidada melena trigueña. Sus pies cansados comenzaron a cruzar el escenario arrastrando su fiel poncho de lana. Las luces rebotaban en su cuerpo, se evadían.

El estaba sentado al borde del balcón, fumando como siempre, y tomando una cerveza importada, apenas hacía un rato que sus padres se habían marchado al campo. El no quizo ir, les dijo que tenía un cumpleaños. De pronto sonó el reloj despertador anunciando las ocho. A lo lejos se escucharon unos pasos. Era el Pedro. Algo grande traía bajo el brazo.

Juan lo miro de reojo y sin decir palabra fue a la cocina. Volvió al instante con las llaves del mercedes y un destapador. Salieron corriendo hacia el patio.

El viento les golpeaba la cara. Destellaban los ojos azules con los rayos del sol atardeciendo. Las ruedas sufrían lastimosas en las esquinas. Una tapa rodó por el aire y cayó golpeando duro al pavimento. No había nadie en la ancha avenida del mar. Enfilando recto hacia la vida juan le imprimio más velocidad al bolido blanco.

Abrió los ojos extrañado. En su cabeza no cabía ningún ruido. Solo percibía un olor raro en el ambiente. Una mano lo alzo fuertemente en el aire. Pudo ver una noche distinta.
Las llamas crepitaban cercanas y se pudo apreciar el sonido de las sirenas y de las estrellas...
El asesino sus colores, ahora se ahogaba, le costaba respirar, su frente transpiraba profusamente. Sus sentido se fueron apagando hasta desvancerse. Una botella rodó vacía hacia sus pies.