lunes, agosto 15, 2005

a la pao

Cansado arrastro mis pies de plomo por la arena taciturna de un atardecer desolado.
Las rocas se alejan a la distancia. Cubiertas por la espuma del mar.
Pienso en mis momentos. En mis segundos. En mis manos duras y escabrosas. En mis ojos yertos. En la muerte lenta. En la sangre ardiente. En la pasión confundida de un beso. En la carne perversa. En el tarro tilililante lleno de monedas. En la choza mustia perdida en una selva de cemento. En las ovejas magallánicas perdidas por culpa del viento. Pienso en tantas cosas. Pienso.

Depronto el sol se esconde en su abrigo de nubes y todo el horizonte de mi alma se estremece con un rojizo anaranjado rayo que cae sobre mi frente.
Y te me apareces, con tu sonrisa clara a recordarme que hoy se cumple un mes de promesas, de sueños, de amistad.

Tiempo exacto para enfocar el lente de los recuerdos. Cuando caminabamos sobre los cabellos de curiñanco. Cuando descansamos bajo una noche estrellada en los hombros de una niebla tibia. Cuando me hablabas lenta y dificultosamente al oído. Cuando el huaso perturbado chocó el auto y tu admiraste mi paciencia y osadía. Yo admiré tu solidaridad y compañía.

Tanto en tan poco tiempo.

Tan poco en tanto tiempo.

Ahora cuando los días pasan y se acerca nuestro reencuentro. Ansioso espero tu beso suave. Tu piel de procelana y tus cabellera de ébano.

Para enredarme denuevo. Para conversar hasta que las estrellas se caigan de sueño. Para que el sabor de un vino fresco nos invite a crear un futuro nuestro.

Y todo en un mes de esfuerzo.
De esfuerzo.

Más el destierro de la pena bien vale los kilómetros de esperanza. Bien vale los minutos gastados. Bien vale un soplo de aliento, de ánimo.

Esta es mi promesa renovada. Un mes de continuo movimiento. Donde a pesar de ver gastado mi cuerpo rejuvenezco cada noche al escuchar tu voz profunda y eterna.
Hoy y siempre, hija nina, te quiero...